Información extraída de, CABI

Artículo publicado en El Periódico, pinche aquí.

La ciencia es algo maravilloso, fuente de tantos logros del ser humano. Pero también de atrocidades cuando es usada ideológica o, peor aún, políticamente. Para muestra el movimiento “científico” promovido por la URSS comunista con el camarada Lysenko. Sus “descubrimientos” de ciencia agrícola llevaron unos grandes costos incluso de vida humana, muy similar al famoso Gran Salto Adelante de la China del comunista Mao. En ambos casos se hicieron cosas brutales en el nombre de la ciencia social o natural. 

Más recientemente, desde que inicia la pandemia, en nombre de la ciencia se están tomando decisiones de política pública sin información completa, con sesgos personales y, por qué no decirlo: intereses particulares. Pasó con el uso de las mascarillas, con la aprobación de tratamientos y el uso de vacunación. Eso es precisamente cientificismo: es usar dogmáticamente a la ciencia desde una visión reducida como la única cosmovisión viable y valedera dejando de lado otros puntos de vista. 

Pero los que amamos la ciencia sabemos que tener pensamiento científico es precisamente lo contrario a ser dogmático. Es ser inquieto, inquisidor, replantear hipótesis aunque estén ampliamente consensuadas. Un científico no se hace creyendo todo; por el contrario, interrogándolo todo. Desde los datos usados, la metodología, explicaciones alternativas. En especial cuando el campo de estudio no es ciencia natural. La ley de la gravedad es cuestión de replicarla en cualquier laboratorio de física para ser corroborada. Pero temas donde la información es limitada, incompleta o, peor aún, conclusiones con base no en observaciones, sino en estimaciones de modelos, resulta atrevido saltar a conclusiones. Hay que ser honestos con las limitantes del método científico. 

El cambio climático es un tema usado de forma cientificista para promover cambios ideológicos o agendas políticas. Personalmente creo que el ser humano sí está causando daño al medio ambiente, pero eso no significa que esté de acuerdo con las soluciones que proponen los burócratas centralizados en organismos cada vez más desprestigiados como el sistema de Naciones Unidas. 

Que sepamos, no existe todavía un DeLorean para que un científico pudiera viajar en el tiempo, sacar un termómetro y medir las temperaturas en ese entonces. Lo que hay son “estimaciones” con base en un “modelo”. La verdad, es complejo replicar la historia del mundo cuando no se tuvo instrumentos de medición de largo plazo (siglos de observaciones se necesitarían). 

El tema para mí es muy importante y la forma en que lo abordo es desde un enfoque de risk management. Hay cosas que uno no está dispuesto a hacer, como jugar ruleta rusa, aun con que la pistola tenga 10 mil barriles y en una de ella esté la bala que me puede matar. No es la probabilidad lo relevante, es el resultado final. No sé las probabilidades de que el cambio climático termine causando estragos, pero sí me puedo imaginar los estragos que causaría si pasara. Es un escenario a evitar racional y responsablemente. Tiene todo el sentido del mundo ser responsable en el manejo de recursos naturales, cuidado de nuestros bosques, ríos y fauna, entre otros temas relacionados. 

Si el medio ambiente ha sufrido una degradación no es culpa de nosotros acá en Guatemala. Cada guatemalteco emite cerca de 1 tonelada métrica de CO2 al año, mientras que un estadounidense, francés o chino nace emitiendo 17 toneladas de CO2 al año. Eso es en el año 2020. Pero tenemos que revisar el pasado, la degradación del medio ambiente no es consecuencia de la emisión del 2020, sino de lo que se ha dado en los últimos dos siglos. El cambio climático es un juego de los ricos del mundo, de las economías desarrolladas. Nosotros somos las víctimas de sus irresponsabilidades pasadas y actuales. 

Esta externalidad negativa por los ciudadanos ricos del mundo en perjuicio de los países en vías de desarrollo debiera ser sujeto de un análisis y de política global. Tiene sentido levantar un impuesto en esos países y distribuirlo en los países víctimas del cambio climático, siendo uno de ellos Guatemala. Problema global, solución global dicen. 

Lo que sí resulta cínico de la parte de los países del primer mundo es presionar a los países que no contaminamos relativamente, ejercer presiones y metas ambientales cuando ellos no las cumplen y además ya se desarrollan económicamente degradando. Basta ver los informes ambientales de los Acuerdos de París de los últimos años, para ver que Francia, Inglaterra y EE. UU., entre otros países, no están cumpliendo con sus metas. 

Para la solución del medio ambiente están la innovación, la tecnología. Soy optimista con el futuro, veo a individuos comprometidos cada vez más con cambiar tecnologías y hábitos. La salvación, si no es muy tarde, no vendrá de los Estados, vendrá del mismo espíritu del ser humano. Como siempre ha sido.

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