Vamos directo al abismo. No, esa no es la respuesta a la pregunta del título, pero de seguro, esa respuesta o variaciones de ella se han dado muchas veces a lo largo de la historia y en todas las latitudes respecto a distintas situaciones; sin embargo nunca en la historia la cosa era tan generalizada y, sobre todo, tan de conocimiento de tanta gente, y que además, parecemos impotentes ante lo que se ve venir.

Imaginémonos Samarcanda, lo que ahora es parte de Uzbekistán y sus habitantes, que fueron invadidos por helenos, persas, turcos, mongoles, cómo pudieron haber dicho más de una vez esa frase.  Qué tal las distintas regiones de lo que ahora es China ante las guerras de invasión de las distintas casas reales o dinastías.  Regiones europeas enteras dominadas primero por los pueblos que conocemos como vikingos, los godos, visigodos, celtas, galos, bretones, normandos, Y ni hablar los cartagineses y hunos, frente al imperio romano que, a su vez, invadió sus territorios.  Imaginémonos a los pobladores de esas regiones cómo habrán dicho o pensado que ya se los llevó la chingada.  A pesar de que seguro pasó, como dije, nunca en la historia de la humanidad tanta gente había tenido tanto acceso a tanta información -y des información- respecto a los eventos que van a afectar su vida.  Hoy, con la gran mayoría del mundo viviendo en democracia -relativa- las decisiones de los eventos que afectan nuestras vidas están más en nuestras manos que, digamos, la de un alfarero del siglo I a.c. en la Galia.  Hoy, buena parte de la población mundial tiene algo que decir respecto a qué autoridades gobiernan su país, aunque sea en algún grado, pero justamente ahora es cuando, a más información, más desinformación.  Esto último no es nuevo; para hablar un poco de historia moderna, fue precisamente la desinformación respecto a los judíos lo que creó el caldo de cultivo necesario para que el fascismo se apoderara de Alemania, y luego de casi toda Europa; movimientos, ideologías y simpatías perversas que perduran -penosamente- aún hoy.  Ya sabemos el infierno que eso provocó.

Así, ahora que los pueblos podrían tomar mejores decisiones basadas en más y mejor información, es cuando no vemos día de dios, en las noticias, cómo la población de un país, incluso por la vía electoral y democrática, se decanta por una opción extremista, sin importar que sea de izquierda o de derecha, pues al final, ambas son producto de la incapacidad de sus proponentes de encontrar algo de bueno en la visión de alguien más que no sea él (o ella); el extremista de izquierda o de derecha cree que tiene la solución -que muchas veces pasa por exterminar o anular a toda forma de disidencia- para los problemas que aquejan a la sociedad.  No es por ser ave de mal agüero, pero basta con ver lo que ha sucedido a lo largo de la historia, sobre todo moderna, para darse cuenta de que eso jamás funciona.

Y, para parafrasear a Galileo, aunque nunca haya dicho la famosa frase: y sin embargo, los eligen; populistas y demagogos de todo tipo ganan elecciones convenciendo a la mayoría de votantes que ellos tienen la solución y que los otros -quienes sean- son los malos.  

Lo anterior, en la opinión de este su humilde servidor, es porque desconfiamos profundamente de los demás, en muchos sentidos, pero sobre todo en el ámbito político. Un artículo de hace unas semanas en The Economist acerca de la llamada primavera árabe, 10 años después, da cuenta de que ha sido un fracaso; salvo Túnez, los demás países que pasaron de regímenes dictatoriales a supuestamente democráticos, cayeron nuevamente en el autoritarismo.  En gran medida, se atribuye a que la población no solo tiene desconfianza de su gobierno, sino que desconfía aún más de los “otros”, es decir, de sus mismos connacionales, pero que profesan una fe distinta o adscriben de otra ideología.  Así no se puede.

En otro artículo de esa misma publicación, refiriéndose al “legado” de Trump en ese país (E.E.U.U.) una medición referenciada indica que la mitad de los demócratas encuestados están convencidos que los republicanos quieren genuinamente llevar al país al despeñadero; lo interesante es que ese mismo porcentaje de republicanos cree que los demócratas llevarán el país al despeñadero; “una casa dividida contra sí misma, no puede sostenerse” dijo Lincoln -citando la escritura- respecto a la inminente guerra de secesión, y ahora volvería a decirlo.

Así es como está el mundo, cada vez más dividido entre sí, donde desconfiamos de las intenciones del otro simplemente por el hecho de ser de otro grupo, otra ideología, etc. y no por el mérito de su idea por sí misma.

Lo anterior me vino a la mente luego de leer un artículo que me envió un buen amigo The High Price of Mistrust; es costoso y hace inviable una sociedad en la que los individuos no pueden confiar unos en otros.

En el caso particular de la política en Guatemala, pareciese que de nada nos sirvió haber sufrido más de 30 años de guerra; luego de la firma de la paz, mal negociada y mucho peor entendida, unos creyeron que habría impunidad y otros creyeron que se sanarían las heridas con venganza (disfrazada de justicia).  Basta ver el ejemplo sudafricano y la dignidad con la que luego de tantos años de apartheid, Mandela no buscó venganza y se dedicó desde el día 1 a tratar de construir una sociedad cohesionada.  ¿Lo consiguieron ya? No, pero sin duda es el camino correcto, y no el de la confrontación.

Podemos seguir en la senda que vamos que seguramente nos quedarán buenos años de seguir estirando el hule, pero eventualmente reventará.  Tiene que haber un punto y aparte, más no punto final; una inflexión que haga un antes y un después y ese no puede venir condicionado a “si, pero antes esto”.  La confianza debe ser en dos vías, pero pareciese que acá los progresistas dicen que se confíe en ellos, que tienen la solución (¿?) y que tienen buenas intenciones, pero ellos no confían en sus adversarios; así no se puede.  Claro, debe haber genuino espíritu de enmienda, pero eso no se puede garantizar, solo se puede sancionar cuando se transgreda.

Lo triste es que, habiendo dicho todo lo anterior, todo apunta a que nos vamos a radicalizar más y que, por ejemplo, en lugar de haber salidas negociadas a serias crisis, cada vez el mundo va hacia la solución extrema.  Un ejemplo: hace mucho tiempo, también en The Economist, salió un artículo que hablaba de cómo ahora es virtualmente imposible que un sátrapa acceda a salir del poder por las buenas; antes, por ejemplo, los warlords africanos negociaban salir del poder y dar chance a sus países a buscar mejores horizontes.  Ellos, aunque muy a pesar de su pueblo y de la comunidad internacional, se iban con cierta tranquilidad a Paris o a una ciudad suiza a gozar de sus millones expoliados, pero, eso sí, dejando en paz a sus países.  Esa opción ya no existe y los dictadores y corruptos de todo el mundo lo saben y, por eso, es que jamás aceptarán tratos o salidas “negociadas”; saben que irán por ellos más pronto que tarde y, ante eso, prefieren morirse con las botas puestas.  Prefieren incluso arriesgar morir asesinados que abandonar por las buenas el poder.  Eso, en lugar de ayudar, ha hecho las cosas más difíciles.  Cientos de miles han muerto por la decisión de perseguir hasta las últimas consecuencias a los acusados, en lugar de darles un “puente de plata”.  Lo perfecto es enemigo de lo bueno, dice el dicho.

Si no cambiamos, si no empezamos a confiar unos en otros, aunque sea en cosas mínimas al inicio, y a negociar, aunque sea a costa de lo perfecto, cuando nos hagan la proverbial pregunta: ¿Quo vadis? Vamos a responder igual de proverbialmente: Vamos a ser crucificados, nuevamente.

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