Nada, absolutamente nada puede reemplazar el conocimiento tan íntimo que da la experiencia.  La academia y la cultura proveen herramientas para enfrentar la vida, pero la experiencia no tiene sustituto.  Cuando, por ejemplo, en los requisitos de un empleo se requiere X años de experiencia, el empleador sabe que no hay forma de pagar adecuadamente eso; la falta de preparación se resuelve con estudios, pero la falta de experiencia solo se resuelve con experiencia. 

Eso es aplicable al ámbito profesional, pero en cuestiones de vida, la experiencia es aún más invaluable; no por nada el dicho de: “más sabe el diablo por viejo, que por diablo”.  Haber vivido y experimentado es la riqueza más grande que se puede tener. 

Lo anterior resulta presuntuoso viniendo de un “patojo” de 46 años, como recién tengo, y si a ello agregamos que me fusilo el título del libro de García Márquez para este humilde blog, corro el riesgo que me llamen igualado, u otro montón de cosas, por tal atrevimiento.

Pero es que, sin importar el ámbito en el que uno se desarrolle, la fama que se pueda tener o la cantidad de seguidores -ahora que ese es el rollo con las redes sociales- lo importante es aprender de la experiencia y, en lo posible, aplicar ese conocimiento para evolucionar.

Yo, a mis 46 años, he aprendido algo que debiese ser conocimiento generalizado, pero que muchas veces por la educación que recibimos y a los estímulos publicitarios a los que estamos expuestos todo el tiempo, no lo vemos o apreciamos; yo he aprendido a dar gracias por las circunstancias adversas.  No es nada agradable vivirlas, pero son invaluables para la vida.  No hay nada como la carencia o la escasez para aprender a valorar lo que se tiene o, aunque tarde, lo que se tuvo. La partida de un ser querido debiese hacernos apreciar la presencia de los que nos quedan, más que hacer que se añore al ausente.  Les doy otro ejemplo simple que me ha hecho comprender patentemente esto: muchos de nosotros no valoramos en su justa dimensión el tener acceso a agua corriente y caliente, hasta que no la tenemos; la tranquilidad que provee tener un techo sobre nuestras cabezas es algo en lo que no reparamos hasta que se pierde o, menos dramático, hasta que las primeras lluvias revelan las goteras que hay en él.

Y ni hablar de lo que se aprende a valorar adecuadamente la comida, hasta que se tiene hambre y no se tiene dinero para comprar sustento.  Más que a tener, debemos prepararnos para no tener, pero pareciera que la forma o estilo de vida occidental hace lo contrario; como mencioné, se nos bombardea desde niños con la idea de que debemos acumular y acrecentar los bienes y, en principio, eso está bien, pero no se nos educa para no tener.  En mi opinión, es mucho más valioso saber desenvolverse en la precariedad, que en la opulencia o en la comodidad de la solvencia.

Mucho se ha dicho y escrito acerca de que en los tiempos difíciles es cuando se conoce el verdadero carácter; se conoce el adagio que los buenos marineros no se hacen en aguas mansas y, metáforas aparte, es cierto. 

Otra circunstancia en la vida de algunos que hace que se valore en su justa dimensión las cosas es pasar de una situación de poder, por ejemplo, a una de intrascendencia pública.  Los que hemos estado en posiciones de relevancia y luego las hemos dejado, sabemos dolorosamente bien cómo quienes antes estaban con uno, ahora ya no; en la llanura es cuando se descubren los amigos de verdad.

A mí me tocó ver eso mucho con mi padre que, aunque tuvo muchos amigos, también tuvo de aquellos que diciendo serlo, solo se acercaban a él por interés; yo me daba cuenta de ello y se lo decía un tanto molesto, sin saber que luego eso me pasaría a mí también.  Bueno, nos pasa a todos, pero rara vez creemos que nos pasará a nosotros.  Así, no hay como la pobreza o el desempleo para revelar a los verdaderos amigos y separarlos de los falsos.

Por favor, no se me confunda con alguien que romantiza la pobreza, el hambre o las penurias, nada de eso, simplemente, en mi experiencia, he descubierto que me han sido valiosas. 

A mis 46 años -cortos para los mayores, pero largos para un veinteañero- he descubierto que se debe uno preparar para las situaciones complicadas, más que evitarlas.  Sin ser fatalista o nihilista, no hay mucho sentido en esforzarse desmedidamente en intentar evadir las catástrofes a nivel personal o financiero, sino más bien, debe uno prepararse para afrontarlas porque es más seguro que lleguen, que se eviten. 

A mis 46 años, he pasado de la comodidad de la abundancia a la angustia de la escasez e incluso de las carencias económicas.  He pasado de ser buscado y celebrado por personajes del ámbito económico y político, a descubrir la desazón de que ni le contesten a uno las llamadas.

Por si no lo sabían o adivinaron a lo largo de este blog, ayer cumplí 46 años y, como he dicho, he aprendido a que la escasez y las carencias me han enseñado más que la abundancia y la llanura me ha mostrado más que las posiciones de poder.  No digo lo anterior con tristeza o producto del despecho, sino del verdadero y genuino aprendizaje.  Cómo quisiera que mi hijo no tuviese que pasar penas o angustias en su vida y para ello, quisiera poder proveerle la seguridad económica y la educación formal que se nos ha enseñado forma parte de una vida exitosa, pero si algo he aprendido a mis 46 años es que más que dejarle una fortuna que se le acabará, probablemente, o pagarle universidades para que obtenga cuando título y grado académico exista, mi experiencia me dice que lo mejor que le puedo dejar es prepararlo para enfrentar las dificultades de la vida que siempre llegan. 

A mis 46 años, confieso que he vivido -otro cuasi plagio de título de autobiográfico- y que he vivido para contarla.  Estoy agradecido con lo recibido y ansioso (o esperanzado) por lo que vendrá.

Gracias a todos los que me han acompañado,

pero sobre todo gracias a todos los que me han abandonado,

porque son ellos quienes más me han enseñado.

No soy bueno para los versos, así que, con el anterior intento, mejor los dejo.  ¡Hasta la próxima! 

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