Ya sea que usted o yo seamos de la línea de pensamiento de Hobbes, en que el estado natural del hombre -que incluye el femenino- no es el pacífico, sino que es solo por necesidad que busca la paz en la sociedad; o sea de la de Rousseau, que sostenía que el hombre -y supongo que también las mujeres- nacen buenos y que es la sociedad la que los corrompe, algo en lo que podemos estar de acuerdo es en que eso de vivir en sociedad es muy complicado.  No sé si es más fácil vivir aislado, como ermitaño o asceta, porque nunca lo he intentado, pero seguro que también tendrá sus bemoles; podríamos encontrar soporte a nuestras aspiraciones en ese sentido, en la vida y escritos de Herny David Thoreau que dijo (más o menos): “ […] el mejor gobierno es el que menos gobierna; y me gustaría que actuara de manera más rápida y sistemática. Llevado a cabo, finalmente equivale a esto, que también creo: el mejor gobierno es el que no gobierna en absoluto; y cuando los hombres estén preparados para ello, ese será el tipo de gobierno que tendrán. […] pido, no a la vez ningún gobierno, sino a la vez un mejor gobierno”.  Sabias palabras. 

Uno de los elementos más importantes para poder empezar a ver si uno es de los “hobbistas” o de los “russeaoistas” es cómo vemos la libertad en sociedad. Ciertamente algunos libertarios dicen que toda libertad es absoluta, sin límite alguno y que lo que existe son consecuencias del ejercicio de la libertad en una manera antisocial.  Ahí tiene usted otra vía por la que se puede decantar. 

Antes, el acceso al conocimiento era bastante limitado, ya no digamos en tiempos medievales donde básicamente se circunscribía al clero y uno que otro noble; ahora, usted puede “googlear” cualquier cosa y obtendrá, aunque sea una breve descripción de lo que busca, así que lo insto a buscar profundidad respecto a los conceptos acá vertidos, porque ni soy el indicado para desarrollarlos, ni tengo el espacio para hacerlo, pero como le digo, está al alcance del teclado de su teléfono.

¿Libertad se tiene siempre y siempre existe más de un curso de acción a tomar, por más difícil que sea, frente a una disyuntiva?  Para no ir por las ramas, pongamos este ejemplo: un padre de familia que por más que se ha esforzado no consigue ingresos y ve cómo su familia pasa penurias y/o hambre, puede, claro está, resistirse a la tentación de cometer una fechoría que le podría conseguir sustento; tiene la libertad de ser fiel a sus principios y a la ley.  La consecuencia de ello es la desgracia familiar.  Lo que casi invariablemente sucede es lo contrario.  La magnífica novela de Víctor Hugo da cuenta de ello mucho mejor que yo. 

Así, la sociedad condiciona al individuo, como a Jean Valjean, y de no ser por la ayuda del obispo Myriel, estaría condenado para siempre; la sociedad (la ley) es la mala y el individuo salvador (el amor) es el bueno; Víctor Hugo era “russeaoista” sin duda.

Tenemos que preguntarlos entonces: ¿en algunos casos, como el de un padre que quiere aliviar a su familia, es perdonable el faltar a los principios?  ¿Por qué por una ideología o principio moral, propio del padre, debe sufrir su familia?  Por supuesto, amigo lector, no estoy hablando de, digamos, espionaje para un país enemigo o traición, no, nada de eso; simplemente un lugar de trabajo que provea sustento honrado, pero que no sea donde, por ejemplo, se comparten intereses o fines comunes.  Cuantas veces no hemos oído que trabajo es trabajo.

Seguramente hay algún católico trabajando en alguna iglesia o ministerio evangélico, aunque no sean muchos; en alguna biblioteca o librería puede que trabaje alguien que prefiere pasar su tiempo libre jugando videojuegos o echado en el sillón viendo la TV en lugar de leer.  ¿No cree usted que pueda haber algún carnívoro trabajando en una tienda vegetariana?   Yo digo que sí, en todos los anteriores casos; sin embargo, cuando vamos a temas ideológicos, siempre criticamos a alguien “de izquierda” que trabaja con empresarios capitalistas y, quien sabe, hasta ultraconservadores, por ejemplo.  Es posible que esa haya sido la única oportunidad laboral que consiguió y, antes de robar o morir de hambre, prefirió trabajar para alguien con quien no comparte forma de pensar.  Pero ¿cómo siquiera pensar que alguien “de derecha” puede trabajar en, digamos, una ONG que promueve los derechos de la mujer, del ambiente o de los pueblos indígenas?  Eso es traición a los principios y eso es impensable, dirán algunos. 

Una de las muchas lecciones que uno puede sacar de este tiempo de crisis mundial, provocada por un cochino virus cuya existencia algunos todavía se resisten a creer, es que juzgar a alguien sin estar en sus zapatos es algo muy atrevido, cuando menos. 

Juzgar las decisiones que alguien pueda tomar cuando su libertad está condicionada, es decir, no es libre, dígase lo que se diga, es todavía más atrevido.  Hay quienes, no yo, por supuesto, dicen estar dispuestos a morir por sus ideales; algunos tal vez lo estarán, pero la gran mayoría claudicamos ante la oportunidad de salvar lo poco que se pueda tener, digamos la vida. 

Así que, si me permite la recomendación, algo que he tratado de aplicar yo de un tiempo para acá es que no se le puede juzgar a una persona por sus decisiones si estas no son tomadas en libertad; mucho menos a un hijo por los pecados del padre.  Quienes somos padres, no quisiéramos que se juzgue a nuestros hijos por los errores que pudimos haber cometido.  La próxima vez que usted critique a alguien por lo que el padre -o madre- han hecho, piense en lo que les viene a sus hijos.

¿Cómo pedirle a una persona en la vil calle -o en vías de- que defienda el capitalismo o que crea en él, cuando capital es lo que no tiene y jamás tendrá, muy probablemente?  ¿Cómo se puede esperar que una gran parte de guatemaltecos entiendan que la propiedad privada es un derecho y que no puede ser violentado, cuando esa gran parte de la población jamás ha tenido propiedad alguna?  ¿Respeto a la libre locomoción y no bloquear carreteras, cuando muchos caminan horas en veredas para buscar sustento?

No, querido lector, la cosa nunca es blanco y negro.  Otra desgraciada consecuencia de la pandemia es que hemos perdido la capacidad de empatía y de solidaridad, algo que es vital en la vida en sociedad. 

Cuando nos ponemos a juzgar a otros sin conocer su vida y sus circunstancias (léanse también a Ortega y Gasset), cosa que hacemos todo el tiempo, nos damos cuenta de que los miserables somos nosotros.

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