Mientras escribo estas líneas, días después del evento electoral, todavía no hay datos definitivos –ni certeros- acerca del resultado de la elección en los Estados Unidos; aún no sabemos si ha ganado Biden o Trump, aunque todo indica que Biden será, al final de las cansadas, el ganador. 

Como en toda contienda política, hubo tirones, jalones y zancadillas, pero resulta evidente, si se ve sin apasionamientos, que la mayoría del aparato mediático y buena parte del estamento político (incluidos republicanos) estaban en contra de Trump. 

Trump llegó a la presidencia debido a varios factores que ya han sido ampliamente discutidos, pero esencialmente por ser un outsider de la política y porque la candidata demócrata, Hilary Clinton, no despertó las pasiones que logró Obama en su tiempo.  Así, Donald Trump llega a la presidencia y con su muy particular estilo, logra muchas cosas favorables (economía, relaciones pacíficas entre Israel y países árabes, por mencionar algunos) pero el Covid-19 le vino dar al traste a su más o menos buen récord.  Por supuesto que uno puede estar en contra de muchas de sus políticas y, sobre todo, de su particular estilo, pero los datos son los datos: los Estados Unidos iban bien hasta que llegó el “virus chino”.  También tiene muchas cosas que se le pueden criticar, sobre todo algunas prácticas típicas de políticos de países latinoamericanos o de las antiguas repúblicas soviéticas; el mundo espera algo distinto del “líder del mundo libre”.  Su aversión al multilateralismo y su actitud de bully no es propia de un estadista, pero ya está visto que, para una buena parte del pueblo americano, Trump representa lo que buscan en su líder. 

A los votantes de Trump, los han hecho ver como ignorantes, racistas y xenófobos.  Clasistas no, porque los clasistas son, precisamente, quienes dicen todo eso de los votantes de Trump.  El hecho es que casi la mitad de los votantes gringos quieren a Trump; eso puede ser discutible en varios niveles, pero indiscutible a nivel electoral. 

El sistema de elección presidencial gringo tiene muchos problemas que van desde el diseño variopinto de forma y conteo de votos, hasta el ya criticadísimo colegio electoral.  Los “padres fundadores” de los Estados Unidos, Alexander Hamilton y James Madison fueron dos de los más claros proponentes y defensores del sistema, aunque no los únicos.  En él -en el sistema- se busca que los estados más populosos no necesariamente dobleguen, por pura demografía, el derecho que otros estados de la unión, más pequeños, puedan tener en la decisión de quién será el presidente.  Aunque el número de electores si tiene correlación a la cantidad de habitantes, el sistema garantiza que un estado pequeño sea importante también.

Todavía no sabemos quién será el presidente, pero si sabemos con certeza que la cámara baja será dominada por los demócratas y los republicanos, muy seguramente, continuarán con mayoría en el senado. 

Pero el cambio, por mucho, más significativo en este período no ha sido en el ejecutivo ni en el legislativo, sino en el judicial; Trump, como pocos presidentes en tiempos recientes, logró que 3 de sus nominados llegaran a la Corte Suprema.  De esa manera, los magistrados “conservadores” llegan a 6 de 9, dando un margen de uno para que las decisiones divididas puedan ser, todavía, favorables a los intereses conservadores. 

Es precisamente allí donde el cambio será ostensible. Se espera que temas sensibles como el poder del gobierno federal sobre los estados, aborto, derecho a portación de armas, cobertura de beneficios sociales y otros temas que realmente importan en la vida diaria de los gringos, serán los que la composición conservadora de la corte decida en los próximos meses y años. 

En mi humilde opinión, el core del partido republicano se dio por bien servido con ello y, aunque no tendrán la presidencia, se sienten seguros con el senado -que tendrían que conservar en las elecciones de medio período- y, por supuesto, con alguna tranquilidad de que políticas progresistas contrarias a sus postulados no pasarán el tamiz ni de la cámara alta, y muy probablemente tampoco de la corte, de llegar a esas instancias.

Trump nunca fue un republicano, eso se sabe, pero los republicanos no tuvieron opción hace 4 años debido a la debilidad del resto de sus candidatos y la capacidad mesmerizadora que tuvo con el electorado de la “América profunda” para parafrasear… 

Ahora, los republicanos buscarán desembarazarse del “trumpismo” y regresar a la línea ortodoxa, pero no extremista, que ha tenido el partido.

Sinceramente, dudo que por más challenges judiciales que se hagan a los conteos estatales y que finalmente llegue a la Corte Suprema, los magistrados conservadores vayan a fallar a favor de Trump, pero todo es posible.

Con la administración demócrata, tampoco es como que todo será miel sobre hojuelas; si Biden toma medidas drásticas para contener la pandemia (segunda ola) las repercusiones económicas serán terribles, y si no toma esas medidas, la cantidad de contagios y muertes no bajará y no habrá diferencia entre Biden y Trump. 

En lo que a nosotros puede interesarnos, nuestros migrantes no van a ser recibidos con los brazos abiertos, muy probablemente seguirán aumentando las deportaciones y aunque tal vez no separarán a las familias, seguirán en jaulas en centros de detención. 

Los efectos, eso sí, que tendrá en la parapolítica nacional, serán distintos.  Los grupos oenegeros y sus conspicuos cabecillas tienen buenas relaciones con el estamento demócrata y buscarán volverles a vender humo que, con ellos empoderados, la cosa acá cambiará.  Eso es un embuste.  Ni las millonarias donaciones gringas llegarán a los más necesitados (siempre se han ido diluyendo en la estructura de las oenegés, sueldos, equipo de oficina, vehículos, etc.) ni una renovada e implacable lucha en contra la corrupción conseguirá acabar con la desnutrición crónica infantil, el maltrato doméstico, daño al ambiente y demás asuntos que dicen atender, pero que no han mejorado a pesar de las décadas de “ayuda”.  El “embajador” muy probablemente esté su período completo, a pesar de haber sido nombrado por Trump y en todo caso, si cambia, los intereses del imperio seguirán siendo los mismos.

Así, las políticas de los Estados Unidos para con nuestros países seguirán siendo exclusivamente favorables a sus intereses y no a los nuestros, necesariamente.  Cuando y sí se alinean coyunturalmente, parece que están “de nuestro lado” pero en realidad no es así.  Eso lo saben muy bien los oenegeros y saben aprovecharlo para sus intereses.

El tema de la novela de Burdick y Lederer sigue siendo válido, siempre habrá un americano feo. 

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