Lo que hemos visto en Guatemala las últimas semanas, pero, sobre todo los últimos días, es indignante.  Sí, toca usar ese término que ha ido perdiendo fuerza por el abuso de su utilización; todo indigna ahora.  Por supuesto que hay muchas razones para que los ciudadanos nos preocupemos del quehacer -o del nohacer- político, pero eso de “indignarse” por cualquier cosa, es propio de una generación de cristal que parece no tener idea de lo difícil que la tuvieron nuestros abuelos -sus bisabuelos, probablemente- y nuestros padres.  En Guatemala hay muchos rezagos, demasiados; basta con salir de la burbuja de las zonas más caché de la capital -ya no digamos a la Guatemala profunda- para darse cuenta de que durante décadas se ha desatendido a la población.  Hemos tenido una seguidilla de políticos corruptos e ineptos que no han podido, y que probablemente ni han querido, atender a la población más necesitada.  Esa es una verdad incontestable.

Sin embargo, siempre es más fácil ver hacia fuera que hacia adentro.  Esos políticos no han salido de ningún otro lado más que de esta sociedad que usted y yo formamos; cierto que pareciese que han llegado los peorcitos, pero no son ni alienígenas, ni producto importado, son puro producto de esto, de lo que tenemos, de lo que hay.  Ignorancia, hambre, necesidad y desidia son los jinetes de esta nuestro apocalipsis que parece nunca terminar. 

Lo anterior viene al cuento por los eventos de estos últimos días, uno más funesto que el otro y francamente hay muy poco salvable; tal vez solo la renovada esperanza de la población en que mediante la manifestación pacífica puede cambiar su destino.  Tristemente, siempre hay un pelo en la sopa, pero para llegar a eso todavía falta un capítulo.

Todo esto -digamos que los eventos de tres días atrás- empezó con la aparente falta de transparencia del Centro de Gobierno, que maneja un allegado al presidente.  Quienes saben del tema, afirman que ese fue el génesis de lo que disparó la más reciente indignación, la oprobiosa aprobación del infladísimo presupuesto para el 2021 por parte de los diputados.  A mí no me consta, pero lo que sí, es que la aprobación del presupuesto adolece de vicios de forma y de fondo.  Fue aprobado de forma “exprés” sin distribuir adecuadamente el dictamen de la comisión de finanzas, sin discusión alguna en el pleno y, ya en temas de fondo, con varios bemoles, entre ellos, contar con una financiación superlativa en deuda con respecto al PIB y sobre todo con respecto a la estimación de recaudación fiscal.  Ya los temas de recortes al sector justicia y aumentos a rubros superfluos pasan a segundo plano. 

Todos, absolutamente todos, salvo quienes se beneficiarán directamente de ese presupuesto, nos hemos pronunciado en contra.  Ante ello, el Congreso bien gracias, porque ya lo aprobó y se lavó las manos, pero el ejecutivo, quien debería vetarlo, en lugar de atender el clamor popular, salió a defenderlo y ahí empezó a arder Troya. 

El presidente explicó, digamos que técnicamente, por qué vetarlo sería contraproducente y no deja de tener razón, técnicamente, pero él no es mecánico automotriz para centrarse solamente en aspectos técnicos, sino es el “jefe político” del país y ante una crisis política, debe responder como tal.  No lo hizo.

Por esa y otras razones rezagadas, para el sábado fueron convocadas manifestaciones a la plaza central; en redes algunos (varios) convocaron también a manifestar frente al congreso y a “quemarlo todo”.  Dicho y hecho.  En su mayoría estudiantes universitarios, ajeno a lo que empezaba a suceder en la plaza -donde se juntaron varios miles de manifestantes pacíficos- frente al congreso se volcó violenta la protesta y varios de los estudiantes empezaron a romper vidrios y, por las ventanas rotas, lograron entrar y abrir las enormes puertas del congreso.  Entraron y prendieron fuego a algunas oficinas (tengo entendido que principalmente la Dirección Legislativa) y saquearon y destruyeron otras más. 

Las teorías de conspiración no tardaron y para deslindar su autoría, estudiantes y sus aliados dijeron que eran infiltrados del gobierno quienes habían causado los daños.  Hasta el ex comisionado Iván Velásquez, desde Colombia, sentenció que así era.  Deja en qué pensar la forma en que con ligereza y sin siquiera tener información de primera mano -ya no digamos pruebas- se atreve a afirmar algo, pero ese fue precisamente su estilo al frente de CICIG. 

Los bochincheros hicieron de las suyas sin oposición, pero eso desencadenó una serie de acciones de la policía en contra de la otra manifestación, la pacífica en la plaza, que son repudiables y condenables.  Pésima cadena de mando, peligrosa iniciativa de los antimotines o una mezcla de ambos hizo que se reprimiera sin razón e incluso más tarde se atacara y detuviera a ciudadanos que no tenían nada que ver con ninguna de las dos manifestaciones.  Los agentes parecían sobrepasados en su capacidad y ante ello, decidieron lo peor: reprimir.

Una conferencia del Ministro de Gobernación (apenas dos días atrás ascendido) no logró, para nada, explicar o justificar los hechos.

Así, desde el miércoles pasado, hasta ese momento, todo mal, muy mal; actuación del congreso, del presidente, de los bochincheros que quemaron bienes del Estado y de las fuerzas de seguridad.  Lo único bueno ocurrió, como he dicho, en la plaza, aunque ahí también hubo actos criticables, pues con todo y tarima, esa manifestación cívica se convirtió en mitin político que, como es costumbre, aprovechó la izquierda con sus más progresistas personajes.  En mi opinión, se auto engañan, pues esos miles no estaban ahí por ellos, pero vaya si no les sirvió de tribuna.  Ya veremos si capitalizan o si es un acto que los votantes repudiarán en las elecciones.

Y, por si todo lo anterior no hubiese sido suficiente, el domingo por la noche la junta directiva del Congreso anunció que no enviará el decreto al ejecutivo y de esa manera no entrará en vigor el presupuesto 2021.  Mal ahí también, porque esa no es una decisión de la JD, sino del pleno.  En fin.

A mí, nada de lo anterior me sorprende; probablemente he perdido la capacidad de asombro, pues en mis no tan cortos años ya, he visto de todo en política, y la conclusión que saco es muy simple: es lo que hay. 

Como dije al inicio, nada de lo que ocurrió la semana pasada fue provocado por alienígenas, sino por chapines.  Funcionarios y políticos voraces: es lo que hay.  Medios que se prestan para difundir una falsa narrativa de infiltrados: es lo que hay.  Estudiantes bochincheros: es lo que hay.  Policías brutos que no se dan cuenta y no saben distinguir entre un manifestante pacífico y un bochinchero: es lo que hay.  Autoridades sobrepasadas en sus capacidades: es lo que hay.  Políticos que quieren capitalizar un genuino sentir de la población y llevar agua a su molino: es lo que hay.  Todo es nuestro, aunque nos duela.  No viene de ningún lado, ni es injerencia extranjera ni posesión demoníaca, sino es de lo que estamos hechos, somos nosotros mismos.  Mirémonos en ese espejo y tal vez mejoramos.

Eso sí, también hay que tener muy presente que los miles de inconformes que llenaron la plaza, los que no fueron manipulados, también es lo que hay.  Miles -millones, tal vez- de chapines que cada vez están más hartos de una clase política que no responde a sus necesidades.  Miles, millones de chapines inconformes y hartos: es lo que hay.

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