Nosotros los chapines no somos conocidos por el mundo como un pueblo aguerrido, esa es la triste realidad.  Como sociedad no solo no estamos unidos, sino que no somos valientes, la historia da cuenta de ello.  Más allá de algunos hombres y algunas pocas mujeres, la historia patria no está llena de gestas heroicas, sino que son casi un accidente, pequeños y cortos episodios.

No nos hagamos los pendejos, si la misma independencia no se trató de una emancipación, sino de una componenda entre cuates (la meritita élite) que decidió tomar las riendas del destino de su tierra, principalmente para su beneficio.  No solo el acta de independencia así lo dice en el punto primero: “…para prevenir las consecuencias que serían terribles, en el caso de que la proclamase de hecho el mismo pueblo”, sino que también nuestro himno nos recuerda donde dice “Y lograron sin choque sangriento…” que la independencia no nos costó sangre, porque realmente solo cambió de dirección el viento.  

En tiempos recientes, pues, en el siglo XX, hubo dos eventos que unieron más o menos a los guatemaltecos en pos de un fin: la revolución de octubre del ´44 y el terremoto del ´76; dos eventos de distinta naturaleza, pero que consiguieron unificar esfuerzos, más el segundo que el primero, porque afectó a todos por igual.  A pesar de que los dos eventos anteriores son historia reciente, para la enorme mayoría de guatemaltecos muy bien podría ser historia antigua, pues no lo vivieron y pocos lo han estudiado; para la mayoría de los guatemaltecos vivos, las protestas de “camisas blancas” luego del asesinato de Rodrigo Rosenberg y las manifestaciones del 2015 en contra de la corrupción son lo más cercano a una gesta cívica que han estado.  Más allá de otra marcha acá, o de una caravana en vehículo, nada.  No somos un pueblo aguerrido.  Punto. 

Ahora el mundo enfrenta una pandemia declarada que afecta (o infecta) a ricos y pobres por igual; si bien los ricos pueden tomar más medidas de protección, la capacidad de infección del virus es igual sin importar estrato social o ceros en la cuenta de banco.  Los ricos podrán, tal vez, quedarse más tiempo en su casa y realizar negocios o actividades que no requieran mucha movilidad o contacto con otras personas y así reducir su posibilidad de contagio; por otro lado, quien tiene que salir a buscar su sustento diariamente y no sabe si regresará a casa con él, no puede darse el lujo de quedarse en su casa.  Acá, la ayuda gubernamental sería vital, pero ha sido muy poca, muy poco bien distribuida o nula.  No nos podemos comparar con España o Estados Unidos.  Simplemente no podemos.  

Es por ello, por la imposibilidad de detener la capacidad de generar ingresos de esa gente más necesitada, que sorprende sobremanera que quienes más vocalmente se pronuncien por la pronta “reapertura” de la economía, sean algunos miembros de los estratos más acaudalados y hacia ellos sea dirigida la crítica de la exigencia de reapertura. 

Hay un pequeño, pero muy bien articulado grupo de chapines urbanos que si pudieran mandar a la hoguera a quienes se han pronunciado por la reapertura, lo harían.  Creen que es antipatriótico.  Es probable que algunos de los que piden inmediata reapertura sean explotadores y que mientras ellos se quedan en casa (en la de Antigua, la de Ati, la del puerto, o la de “río”) expongan a sus trabajadores a contagio sin remordimiento alguno, pero la enorme mayoría de empresarios lo único que quiere es mantener su empresa a flote.  Ello implica que deberá exponerse igual que sus trabajadores para estar al frente de la operación y para ello se asegurará tomar para él y para sus trabajadores todas las medidas de protección necesarias.  

Quedan excluidos, como siempre, quienes están en la economía informal que salvo que ellos mismos se cuiden, nadie por ellos.  Para eso debiese estar el Estado, pero el Estado está en trapos de cucaracha, eso sí, con presupuesto de sobra.  

Cuando el presidente Giammattei tomó posesión, dijo en su discurso “¿y si nos unimos?” cosa que no ha pasado ni siquiera con la pandemia, pues algunos están en mejor situación que otros, pero los impactos económicos y psicológicos cada vez afecta a todos por igual.  

El discurso del gobierno, incluso habiendo venido el Dr. Edwin Asturias a encabezar la CopreCovid, cada vez va más hacia la reapertura.  Esperemos que el gobierno pase del discurso a las acciones y que el presidente entienda que él se debe unir a su pueblo, y no el pueblo unírsele a él.  La mayoría manda y la mayoría ya no puede seguir esperando ayudas que no llegan, sino que debe salir a trabajar.  Trabajar para no morir.  ¿Y si se nos une, señor presidente Giammattei?

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